Velvet Goldmine

"We set out to change the world… ended up just changing ourselves."

El filme inicia con el audaz nacimiento de Oscar Wilde, que prácticamente cae del cielo y posteriormente declara, mientras asiste a una escuela para varones, que quiere ser una estrella de pop cuando sea más grande. La secuencia de Wilde nos introduce al joven Jack Fairy (una mezcla de Jack Smith/Andy Warhol) encontrando un broche que perteneció al escritor, el objeto se convierte en la fuente de inspiración para un movimiento donde chicos y chicas se unifican con maquillaje, arreglos extravagantes y rompen las reglas sexuales de una época.

Nombrada después de un lado B de David Bowie, Velvet Goldmine es un tributo a los fetiches de la cultura pop, al poder transformador del arte y a una época específica: la escena glam de Londres de principios de los 70s que produjo criaturas como Ziggy Stardust y Gary Glitter. Haciendo alarde de una perspectiva clara sobre la parte excéntrica de la historia del rock, Velvet Goldmine se identifica principalmente con el fanático y su sentimiento eufórico de comunidad con el adorado artista, trasladándote con éxito hasta los andróginos excesos y lo visualmente erótico de la época.

Durante una hora te lleva dentro de esa ópera rock densa y vibrante; retoma momentos, anécdotas y frases que resonaron durante esa era para meterte en la historia de dos estrellas ficticias del glam: Brian Slade (una representación del David Bowie de los 70s) y Curt Wild (una mezcla de las personalidades de Iggy Pop/Lou Reed/Mick Ronson).

La historia de Slade es el pretexto para mostrar la historia del glam-rock, ambas son contadas por el periodista Arthur Stuart, quien debe descubrir que sucedió con el cantante después de fingir el asesinato en el escenario de su alter ego Maxwell Demon (un personaje muy parecido a Ziggy Stardust). A través de sus recuerdos de ese tiempo, Arthur enfrenta los temores de una infancia reprimida y retoma las fantasías de su adolescencia que lo llevaron a adorar tanto a Brian Slade como a Curt Wild y al mismo tiempo descubrir su sexualidad.

Con éste tratamiento, la celebridad se convierte en una amalgama de clichés aún más grandes que la persona en cuestión, pero ahí es donde surgen los detalles más interesantes de Velvet Goldmine. Haynes y su equipo de producción logran recrear las oscilaciones y el ritmo de Londres en los 70s, los excesos en la música, las declaraciones que conmocionaron consciencias (muchas de ellas de David Bowie y que son reproducidas en boca de Brian Slade), el maquillaje, los incomprensibles vídeos musicales, las estridentes conferencias de prensa, los zapatos de plataforma, las ostentosas sesiones fotográficas, las fiestas orgiásticas y, especialmente, incendiarias actuaciones que terminaron con una felación a una guitarra, un vocalista desnudo o sugerentes convulsiones sobre el escenario.

El filme tal vez pierde la dirección en cuanto a la historia, pero se mantiene visualmente fuerte, claramente puedes sentir el espíritu de la era e incluso puedes conectarte con ese revoltijo de imágenes que intentan llevarte hasta el final de Velvet Goldmine. No es una obra maestra, pero en su caso, es un deslumbrante sueño de rock.



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