Moog


Inmediatamente después de los créditos, surge una secuencia de transistores, al fondo se escucha una carta de audio de Robert Moog al compositor Herbert Deutsch. Nos deposita en una cara perpetuamente calmada, el rostro de un hombre que empieza a contarnos su propia historia diciendo: “Puedo sentir lo que está pasando en el interior de una pieza de equipo electrónico... es algo entre descubrir y atestiguar”.

Con esa frase surge Bob Moog, el inventor del sintetizador moderno, que no sólo se muestra como un teorizador extremadamente articulado e ingeniero del sonido, también es un imperturbable místico de las conexiones entre la gente, las máquinas y el cosmos.


El filme nos presenta a Moog como un artista por sí mismo, que puede comprometerse con el diseño de nuevos instrumentos, asume el sonido como algo propio y se ofende con la insinuación de ser uno de los culpables por la continua pérdida del oído entre los músicos.

Gran parte del filme consiste en Robert Moog en varias locaciones – Nueva York, Tokio, Asheville, Carolina Del Norte y en medio del MoogFest– conversando con sus colegas (incluyendo Herbert Deutsch, colaborador y co-inventor del sintetizador) y músicos que comparten su experiencia con el Moog. En todo momento, estas conversaciones son relajadas, el estado de ánimo es más de viejos amigos revelando punto estéticos intensos.

Inteligente, rápido y excesivamente informativo, el documental de Hans Fjellestad perfila a Bob Moog, la comercialización del instrumento, la forma en que revolucionó la forma de pensar sobre la música y la maestría musical, la manera en que el sintetizador análogo manipula el ruido eléctrico para dar forma, suavizar y ajustar una variedad infinita de sonidos.

Sin un narrador, descubrimos a través del propio Rober Moog las razones por las que cada transmisor y componente inicialmente desataron una locura por los gorjeos y pitidos producidos por el sintetizador, pero también nos explica porque los músicos serios pronto acogieron las posibilidades que ofrecían los teclados, y como bandas de rock progresivo como Yes y Emerson, Lake & Palmer pronto añadieron el invento a su arsenal, gracias a ellos comprendemos las posibilidades de interactuar y manipular el sonido en formas que otros teclados no lo permitían, proporcionando un volumen tan alto como el de la guitarra eléctrica.

En honor de la vieja escuela, Fjellestad usa el filme de 16mm y se mantiene alejado de deslumbrantes efectos visuales, gran parte del tiempo se concentra en el mismo inventor, sentado en un porche, vagando por su oficina, cultivando de forma orgánica, conviviendo con su familia y hablando con viejos amigos que presenciaron la creación de sus instrumentos. Ciertamente debería tomar más de 70 minutos hablar de Moog y su ávida pasión por el sonido, pero Hans Fjellestad no intenta seguir las convenciones o lo que deberías esperar de un documental sobre una persona tan influyente.

La visión del propio Moog, sus explicaciones sumamente minuciosas sobre cada artefacto y las anécdotas y obsesiones de los músicos suplen la ausencia de datos cronológicos. Los sonidos que producen los instrumentos de Moog y los usos que se le dieron son el corazón del filme, y Moog hace un trabajo sólido al dejar al público con un sentido de la estética, como un trabajo de herencia e influencia.



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Level 11 por Karina Cabrera se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 3.0 Unported.
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