LEMMY


Aún para los estándares del rock, Lemmy Kilmister es uno de los originales, una leyenda de la música en los círculos tradicionalmente asociadas con el lado equivocado del camino. Vestido de negro y sumergido en whisky, el bajista de 65 años probablemente sigue vivo porque el diablo tiene miedo de matarlo. Esa es la creencia popular, pero gracias al documental LEMMY logramos derribar casi todos los clichés sobre la ronca voz de Kilmister, su muerte y la vida desafiando al rock 'n' roll.

Lemmy es, al final del día, sólo un historiador militar promedio, un fanático de los Beatles y un adicto a las máquinas tragamonedas que ha pasado más de 35 años al frente de una de las bandas más influyentes del rock, Motörhead. Afortunadamente la película no explica lo que hace Lemmy Kilmister, no aborda fechas ni realiza un detallado estudio cronológico de su música o los temas de sus canciones, porque el documental no es una biografía común, en realidad es el resultado de tres años siguiendo al hombre con una cámara a través de salas de conciertos y sus ambientes favoritos en Los Angeles.

Las primeras escenas a solas dan una imagen maravillosamente extraña de un dios del rock de 65 años de edad, lo vemos friendo papas en su diminuto departamento alquilado, contestando preguntas en una entrevista en una estación de radio, deambulando hasta Amoeba Records para comprar una caja de los Beatles y dominando los más altos puntajes en una máquina tragamonedas en el Rainbow Bar and Grill.

Los co-directores Greg Olliver y Wes Orshoski se preocupan poco por las brechas generacionales o los menguantes recursos machistas del heavy metal, permiten que las ironías se asomen fuera del escenario para que aquellos que no están conscientes de la trayectoria de Lemmy obtengan una película diferente y sumamente peculiar.

Muy cercano y personal no es una frase que viene a la mente cuando se habla de Motörhead - que te deja sordo para siempre, por una sola razón - pero LEMMY, sin embargo se las arregla para hacer que el hombre en si no sea mostrado en términos humanos, aparece como un ser lleno de excentricidades con un extremo furor por objetos de la Primera y Segunda Guerra Mundial, una extensa colección de botas de vaquero labradas a mano y unos shorts tan excesivamente cortos que sonrojaron a todos sus símiles durante una gira, todos esos elementos sirven para detallar las razones para que sus conciertos superen los decibelios permitidos, que toque el bajo como si fuera una guitarra y que su garganta emita una especie de arena auditiva, según declara Jarvis Cocker.

Greg Olliver y Wes Orshoski crean un ciclo alrededor de múltiples tópicos con poca organización, pero de esa manera logran crear una estructura que a veces nos hacen sentir que Lemmy Kilmister estuviera atrapado en una escena de This Is Spinal Tap. Por un lado echas un vistazo a Lemmy, con su barba de motociclista, sus chaquetas militares, sus botas personalizadas y a una grabación con el baterista Dave Grohl, y sientes que tienes parte del retrato, pero los directores empiezan a sorprenderte con más fragmentos del “caos controlado” en su departamento de $900 dólares mensuales, sus caminatas por Sunset Strip y el hecho de que ya es casi pieza de inventario en el Rainbow Room, y entre esas rutinas, Lemmy pasa el tiempo tocando, persiguiendo sus controvertidos pasatiempos y disfrutando su estatus de celebridad con mucha modestia.

Olliver y Orshoski filmaron todo desde el filtro del fanático, sin ningún sentido crítico o de evaluación, esa postura permisiva del fan es la que nos deja ver los altos y bajos de Lemmy, la forma en que no se adapta al resto del mundo, que es un tipo rudo con un gran sentido del humor y, como Joan Jett declara, eso se debe a que Lemmy “es un renegado, todos los demás deben asimilarlo” o en palabras de Dave Grohl, Lemmy es "49 por ciento hijo de puta, 51 por ciento hijo de perra" — pero a pesar de esas declaraciones lo que nos queda claro con el documental es que también es autentico y puro corazón.

Esos comentarios son los que nos depositan en una breve sección dedicada a sus años antes de Motörhead con la influyente banda de space-rock Hawkwind, de la cual fue expulsado por su actitud y su constante abuso de drogas, un habito que tiene desde los años en que era roadie (y quien abastecía los ácidos) de Jimi Hendrix, pero sus adicciones también se unen a la historia detrás de la única mujer que ha amado y la razón por la que detesta la heroína y la cocaína, la llama su “Rosebud”.

Tal vez quisiéramos ahondar más, pero aún así, Lemmy le dio a los directores suficiente tiempo y suficientes escenas fuera del escenario como para crear un perfil más allá del sexo, drogas y rock 'n' roll — a pesar de que en el caso de Lemmy, hay un superávit de los tres para hacer más documentales.



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1 comentarios:

  1. Me gusto, buen artículo. Aún no la he visto pero espero pronto poder hacerlo.

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