New York Doll

No es que Arthur “Killer” Kane o los New York Dolls hayan tenido una vida libre de catástrofes. Los Dolls iniciaron los acordes del punk y la basura de alta costura en 1972, en primer lugar su baterista original no sobrevivió a la primera gira británica del grupo, y tanto su sustituto (Jerry Nolan) y el fundador de la banda (Johnny Thunders) murieron por el exceso de drogas a principios de los años 90, pero mucho antes de los decesos, la banda se volvió una leyenda porque sus integrantes se quemaron en pocos años sin alcanzar lo que prometían ser, nunca lograron explotar totalmente como una reacción desafiante del pop y el pretencioso metal de la época. Se desplomaron en la bruma de la adicción y los sentimientos de rencor. Pero su impacto se sintió muy lejos

Kane, más conocido por su aspecto de travestí parecido al monstruo de Frankenstein que por sus habilidades en el bajo, sobrevivió - pero por poco. El más grande papel de Kane fue en los New York Dolls, sin embargo lo descubrimos como “un hombre anónimo, que fue una estrella de rock”, que durante 30 años vivió en la oscuridad, fue ignorado y perdió su única oportunidad de trascender cuando las drogas y el alcohol se volvieron más importantes que el grupo. Su vida parece algo desechable comparado con la ventana de las probabilidades, sin embargo después de un intento de suicidio y un largo periodo hospitalizado, Kane vive una conversión religiosa parecida a "un viaje de LSD de Dios" y un cambio drástico de carrera al obtener un empleo en el Centro de Historia Familiar en Los Angeles.

Y ahí es donde el documental New York Doll encuentra a Kane: como un dulce gigante calvo en camisa y corbata negra, invariablemente cortés en una biblioteca, que habla como si la vida se hubiera reído de él con demasiada frecuencia. El director Greg Whiteley, que no conocía realmente la historia de los New York Dolls y mucho menos su influencia, conoció a su protagonista con absoluta ingenuidad y lo descubrió a través de su conversión dentro de la iglesia mormona y sus creencias aparentemente opuestas a la estética punk. El resultado es una rareza de película acerca de la religión y las promesas perdidas, pero debido a un giro inesperado al final, New York Doll se convierte en la ambición de un hombre por rozar por última vez su destino roto.

Kane se muestra triste, pero funcional. Resignado hasta que surge la posibilidad de una reunión con los integrantes sobrevivientes de los New York Dolls arreglada por uno de sus grandes seguidores, el cantante Morrissey, en la edición del año 2004 del Festival Meltdown en Londres. Pero para cruzar esa línea de 30 años lejos del grupo, Kane debe sacar su bajo de la casa de empeño, debe practicar y volver a encontrarse con sus compañeros, que en apariencia tuvieron la vida que él no disfrutó.

Whiteley emplea varias técnicas creativas para dar a la película una apariencia única, como el uso de un árbol genealógico para mostrar tanto la historia de la música como el avance de la banda y finalmente la soledad de Arthur Kane dentro de esos planos en los que Chrissie Hynde de The Pretenders, Iggy Pop, Mick Jones de The Clash, Morrissey y Bob Geldof aprecian su legado. El director nos engancha con esa extraña yuxtaposición y la intrigante personalidad de Kane —simple, amigable y honesto, vemos sus antiguos atuendos y el estoico salvajismo que lo caracterizaba, habla con nostalgia de sus días de drogas, sexo y rock and roll ("algunos de mis mejores recuerdos", dice), pero nunca vacila sobre su compromiso con la fe mormona.

De una forma admirablemente objetiva todo el material de archivo, las entrevistas con celebridades de la música y las declaraciones de Kane se mezclan con las declaraciones de sus amigos y consejeros de los años posteriores a los New York Dolls, los obispos de la Iglesia Mormona, y todo sin un atisbo de condescendencia. De hecho quedan a un lado cualquier prejuicio u opinión personal, es claro que los mentores espirituales de Kane están realmente encantados al tener a un miembro de una banda de revolucionarios proto-punk entre ellos, y quieren ayudarle a reparar las décadas de ruptura con David Johansen y Syl Sylvain (los únicos sobrevivientes originales de los Dolls).

Whitely no pone distancia con el tema de su documental, claramente se preocupa de forma profunda por Arthur Kane, quien en sus interminables silencios se muestra sinceramente agradecido por su buena fortuna —su pasado, su fe y la oportunidad de ser nuevamente un New York Doll. Kane claramente sufre de diversos tipos de daños físicos, psicológicos y neurológicos que la película nunca discute, pero al evitar lo trivial y lo kitsch, el documental crece como una memorable crónica de cómo un dios del rock se convirtió en un alma amarga, un borracho perdido, hace un compromiso Mormón, y, finalmente, se vuelve un dios del rock de nuevo, al menos por un breve y brillante momento.



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