Taking Woodstock

En el verano de 1969 hubo 500,000 historias en esa villa desnuda. Taking Woodstock es una de ellas, pero es el microcosmos más interesante, porque más allá de esas imágenes del circo humano sobre el lodo, fármacos y caos, no habíamos visto la construcción previa a esos tres días de música que desembocó en la oleada de festivales que conocemos hoy. No muchos eventos pueden inspirar una comedia como ésta 40 años después.

Viendo Woodstock, el documental de Michael Wadleigh de 1970, existe esa afirmación de lo que fueron esos “tres días de paz y música”, pero con Taking Woodstock hay una frescura de algo creado, no recordado, porque mientras Winter Lake aprende a lidiar con todos (desde los desnudos espontáneos hasta la nueva visión que agrede pacíficamente a los conservadores habitantes), el director Ang Lee nos muestra la creación del evento a través de los ojos perplejos de Elliot Teichberg, el elemento humano que logró que el evento se realizara y que ayudó a los promotores a obtener la autorización que necesitaban para albergar el festival.

La historia es bastante simple: un diseñador de interiores que debe encargarse del negocio familiar durante el verano para que el banco no lo embargue, se traslada depresivamente hasta el motel El Mónaco con sus abrumadores padres y después de escuchar que un festival ha perdido su permiso en el pueblo de Wallkill, llama al productor Michael Lang en Woodstock Ventures para ofrecer su motel y así generar el dinero que tanta falta le hace. Pronto el equipo de Woodstock se muda a El Monaco – y medio millón de personas ya van en camino. Y se hizo la historia.

La película de Ang Lee es deliberadamente de backstage, lo que nunca vimos detrás de las grandes presentaciones en el escenario. De hecho, Taking Woodstock no es sobre la música, la política, la lucha de los derechos civiles o incluso el propio Elliot Teichberg. El personaje central es el espíritu de Woodstock, que flota todo el tiempo sobre la historia junto con las 500 mil anécdotas que surgieron ese verano. En vez de mostrarnos cada hecho o cada músico, Lee logra lo increíble al no dejarnos llegar nunca al centro de la acción, nos da otra visión, nos deja en la orilla de la oleada humana y nos muestra el impacto que tuvo la “Nación Woodstock” en el pueblo de Bethel.

Lo sorprendente es que en realidad estas viendo una combinación de dos filmes y un libro, el de Woodstock, Taking Wodstock de Ang Lee y las anécdotas de Elliot Tiber (Teichberg en la película). Es cierto, Lee no uso material original, se basó en el libro Taking Woodstock y utilizó imágenes de la película de Michael Wadleigh para insertar a Elliot en esa época, eso es grandioso, porque todo es extremadamente convincente. En vez de observar recreaciones en CGI que capturen el tamaño y la escala del evento, Lee nos obliga a experimentar desde la orilla más lejana a Janis Joplin, Jimi Hendrix y The Who, vemos Woodstock como muchos de los asistentes lo vivieron: dentro, sumergidos en el lodo y el caos, donde el rock and roll solo es un sonido distante.

El festival por sí mismo toma el asiento de atrás, con la música como un eco muy distante, mientras el filme se enfoca en las colisiones culturales que tienen lugar en los diferentes caminos que llevan a Woodstock, ahí es donde se mezclan las imágenes reales con las grandes recreaciones. Ang Lee alcanza ese vibrante estado de que algo importante ocurre y el sentido de que cientos de personas están revoloteando por esos campos, capturando lo que fue el festival para esa generación que lo vivió en carne propia como una carta al tiempo, al periodo y a la leyenda que creció con los años y se convirtió en un evento glorificado fuera de proporción por la increíble música que se presentó en esos tres días.



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