Fever Year

Cuando la directora Xan Aranda habla de Fever Year siempre empieza con “sólo para que no haya duda, Andrew está bien”, la aclaración no es para menos después de ver el documental. Sin embargo, aunque el largo año de fiebre de Andrew Bird es parte fundamental del filme, la alta temperatura también es sobre el proceso de creación que ebulle en el cuerpo de un hombre silencioso, reservado y distante que no se siente cómodo en el estudio de grabación, pero en cuanto pisa el escenario se transforma en un ser emotivo de ojos cerrados.

Al ver Ferver Year hay que tener varios factores en mente, primero que se trata de un trabajo por encargo, que originalmente iba a capturar un sólo concierto y que debido a las restricciones y carácter personal del cantante, sólo se presenta en festivales, no llegará a exhibirse en cines de forma comercial y mucho menos saldrá a la venta en DVD u otro formato casero.


Los tres factores podrían ser un triple no para negarse a verla, pero precisamente esos elementos hacen al documental algo más interesante. Aunque se trata de un encargo, la directora Xan Aranda logró romper ciertas barreras en la fiebre de Andrew Bird para lograr capturarlo fuera del escenario, pocas veces de forma íntima, pero siempre en un estado febril de creación que habla de un proceso no sólo de contagio, sino de evolución del mismo cantante. Por las anteriores dos razones, la restricción cobra mayor importancia, sus reservas son una respuesta a su propio proceso, que incluso lo han llevado a negarse a ver el trabajo final de Xan Aranda.

Con esas ideas en mente. Las películas de conciertos son un asunto difícil, deben ser un éxito o un trabajo para un nicho, los fanáticos quieren saber más de la mente del artista, mientras que los no iniciados desean tener algo tangible para poder reconocer a la figura que ven en la pantalla, en el caso de Fever Year ninguno de esos aspectos importan, porque Andrew Bird sigue una ruta más inteligente, alude a ambas partes, pero desde una exposición compleja, que es tanto íntima como distante.

Con su voz agitada, conmovedora, el desplume excéntrico del violín y el constante silbido, la música que va desde el blues hasta el calypso hasta rock, electrónica y casi todo lo demás, Andrew Bird construye en vivo, armando loops que al borde de sus 30 años nos hacen preguntarnos qué tan significativa puede ser una fiebre repentina y sus exóticas consecuencias a lo largo de una gira por Estados Unidos, 165 presentaciones resumidas en una sola actuación crucial entre las dos fiebres que consumen al músico, la física y la creativa.

El filme no sólo muestra la última gira del legendario silbante, también muestra el proceso de creación artística, además de los músicos que lo acompañan, cuyos testimonios dejan ver pequeños trazos de Andrew Bird a nivel personal y artístico, pero sin grandes introducciones, Xan Aranda te lleva directamente a su personalidad y su estilo único. El título es verdadero, los 12 meses resumidos en éste documental son de altas temperaturas que van de la candidez a la pasión por crear ante fonógrafos gigantes hasta cultivar verduras en la granja o construir una canción en algún hotel junto con Annie Clark de St. Vincent.

Siendo un músico solitario en sus inicios, en el documental Bird ya es acompañado por una banda, cuyos integrantes a través de entrevistas logran explicar el proceso creativo, pero no logran revelar los grandes misterios alrededor de su silencio. Obtenemos una imagen más completa observando a los músicos que lo rodean, observando la construcción sin explicaciones de las canciones en el estudio y en el escenario, comprendiendo no sólo su aversión a que se distribuya en grandes mercados ésta película, sino también a bajarse del escenario, donde todo se siente “muy seguro o cerca de serlo”.

El mundo privado del músico se abre un poco, pero nunca es de acceso total, Andrew Bird siempre desaparece en un aislamiento gracioso y delicado. No hay mucho detrás del desorden sudoroso de la fiebre, afortunadamente el estilo de Andrew Bird se siente sincero, aún en el hermetismo el punto de vista del artista no parece separarse de la persona, al menos eso evidencian los largos periodos de música en el documental, donde los silbidos, las diferentes técnicas y métodos, el violín y los loops de sonidos se empalman de forma más que emotiva, honesta y vívida, con audiencias que nunca saben que esperar de él, con canciones cambiando al personaje cada vez que las interpreta. Siempre puedes esperar algo grandioso.

Esta mirada poco común sobre la mente de Andrew Bird es agradable, musical y deja una impresión de inspiración. En su debut como directora, Xan Aranda reconstruye con elocuencia sonidos que se transforman en poesía para los sentidos, o al menos muchos silbidos que relajan cualquier mente. Su música es inofensiva, fácil de disfrutar, factores que al combinarse en éste documental, capturan la esencia de un artista independiente sin tener que glorificarlo, es uno de esos casos en los que el documental no es un instrumento promocional basado en datos, historias y logros, sino en el ritmo y la esencia que surge sin grandes explicaciones más que el talento, donde después de un año de fiebre el protagonista y uno mismo se pregunta si las altas temperaturas no son una simple evolución de “otro tipo de animal con otro tipo de metabolismo”.

Cerca del final de Fever Year, Andrew Bird dice que comenzó a tocar música a los 4 años, pero años después la música acabó de tragarlo entero: “Yo soy lo que hago”. A pesar de que podría sonar como una exageración artística muy familiar, los conciertos y el proceso mostrado por Xan Aranda muestran ese concepto de un hombre a la vez definido y consumido por su oficio.



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