Woodstock - 3 Days of Peace & Music

El balance final de Woodstock fue muy claro: un desastre comercial. Sin embargo los principales números del festival se encuentran en su impacto: 400,000 personas conviviendo durante tres días en una nación donde nacieron niños, algunos sufrieron malos viajes por culpa del ácido de mala calidad, practicaron yoga desnudos y se bañaron como infantes al borde del lago.

En ese país de corta existencia, en una granja cerca de Nueva York, vivió por breves instantes una población apartada de la anterior generación, provocó una carestía de alimentos, generó caos viales a lo largo de varios kilómetros y sorprendió con su caos organizado con voluntarios. La reunión juvenil pudo culminar en el desastre, pero como lo demuestra este documental, aunque la tormenta los empapó, de alguna manera lograron celebrar algo que parecía imposible: libertad y paz.

La película de Woodstock se realizó antes de que los conciertos de rock fueran filmados de forma rutinaria, existían documentos previos como las actuaciones de Rolling Stones, Bob Dylan, Monterey Pop y el Festival de Jazz de Newport, señalaban un camino donde los músicos no actuaban para la cámara, sino para la audiencia, no había ensayos previos para que la cámara capturara un set perfectamente coreografiado, todo ocurría de forma espontánea sobre el escenario y sin ningún tipo de atadura comercial. Sin embargo Woodstock - 3 Days of Peace & Music la música pierde relevancia ante los grandes acontecimientos que ocurren alrededor del entarimado. La noche cae, el día sigue y de alguna forma logramos unirnos a la comuna donde Hugh Romney de Hog Farm anuncia: “Lo que tenemos en mente es un desayuno en la cama para 400,000 personas”.

La música fue el pretexto para desarrollar el documental, pero en un contexto donde la sociedad estadounidense se polarizaba por la guerra, estas 400,000 personas encontraron un propósito en común al perseguir la idea de que la música podía hacer la diferencia y afectar de forma positiva a la sociedad. Precisamente fueron los ideales de esa generación los que lograron que las varias hectáreas de lodo, declaradas zona de desastre (recibiendo ayuda a través de helicópteros del ejército que arrojaban alimentos, mantas, suministros médicos y flores), convirtieron a Woodstock - 3 Days of Peace & Music en una película completamente diferente.

El director Michael Wadleigh nos recuerda a través de su documental la principal sustancia de finales de la década de los 60, los jóvenes llenan la pantalla con sus diversas dinámicas culturales, por momentos su actitud es el contraste de los grandes problemas logísticos que vivió el festival. El constante uso de la pantalla dividida nos lleva a todos esos aspectos, nos muestra la mayoría de las historias que giran en torno a la música, las grandes figuras, los organizadores, los asistentes y los voluntarios que intentan mantener el caos fuera de ésta gran panorámica del fin de una era marcada por los hippies, Vietnam, las tensiones raciales, los movimientos de los derechos civiles, la liberación femenina, los niños de las flores, el amor libre, el aumento del consumo de drogas y la agitación social en general.

Woodstock como película logra capturar todo eso, encapsula la nación que se formó con oleadas de personas llegando por todos los caminos posibles, que se asentaron durante tres días y dejaron un gran impacto no solo en sus 400,000 habitantes. Se convirtió en un fenómeno cultural más que un simple concierto de rock. Prácticamente todo el mundo sabe la historia del festival: entre el 15 y 18 de agosto de 1969, la granja lechera de Max Yasgur cerca de Bethel, Nueva York, atrajo a casi medio millón de personas a un concierto, diez veces más asistentes que los esperados por los organizadores. El evento incluyó casi 30 bandas, la música fue extraordinaria, el sentido de comunidad fue sorprendente y desde entonces todo festival ha tratado de emular ese ambiente, sin lograrlo. La película de Woodstock nos lo deja claro, el verano del 69 se ha ido.

La estructura del documental es más o menos cronológica, inicia con los preparativos, la preparación de los campos y la construcción del escenario, pero la perspectiva de los organizadores se va transformando junto con las congestiones del tránsito que se va formando alrededor de Woodstock. Vemos multitudes que pisotean las vallas, enormes grupos de personas llegando espontáneamente hasta la zona, sabemos que la historia cambiará cuando el evento, concebido como un festival con fines de lucro, se declara oficialmente un “concierto gratuito”.

La música no tarda en aparecer, junto con el pacífico sentimiento que llega desde la siempre juguetona audiencia de Woodstock, que asistió con el espíritu de compartir amor comunalmente pese a los amplios lodazales, perder a su grupo entre la multitud, no encontrar comida fácilmente y las largas filas para utilizar los sanitarios portátiles. Amor, paz, locura y drogas, una nación de jóvenes que exigían un mundo mejor que el que sus padres les habían heredado.

En ese contexto la música transcurre entre Joan Baez, Joe Cocker, The Who y Hendrix torturando su guitarra eléctrica para crear un sonido que reventó el aire, improvisando canciones, despertando a los asistentes con una distorsionada versión del himno de Estados Unidos. Mientras Hendrix toca, la cámara muestra el último acto de Woodstock, la retirada de esos 400,000 viajeros que lentamente se van a casa vagando descalzos sobre el lodo, tratando de encontrar zapatos y ayudando a los organizadores a recoger la basura generada por esa improvisada nación. El evento se ha terminado y la película lentamente regresa a la idea central, un horizonte lleno de personas unidas por la música, probablemente es el evento que más personas ha reunido hasta la fecha.

Aunque la versión original de Woodstock - 3 Days of Peace & Music de 187 minutos fue ampliada en 1994 a 228 minutos, el efecto es el mismo en ambas versiones, se enciende la nostalgia y la curiosidad con esa miriada de instantes que hablan de una generación que se muestra políticamente activa y al mismo tiempo pacifista, recibe clases de yoga, participa en concursos de deslizarse en el lodo, habla con convicción o tartamudea ante el micrófono y recomienda desde el escenario evitar un ácido que anda rondando el campamento. Un verdadero viaje a los 60.

Filmada en condiciones precarias con una cámara Eclair NPR de 16 mm, la realización de este documental fue un mero accidente. El director Michael Wadleigh y el productor Bob Maurice reunieron un equipo en el último momento y llegaron a Woodstock con la corazonada de que ese no sería únicamente un concierto de rock. Obtuvieron 120 millas de película, que el equipo de edición conformado por Thelma Schoonmaker y Martin Scorsese finalmente ensambló en un documental de tres horas más o menos coherente, espectacular a la distancia de los años y que captura con enorme curiosidad el estado de ánimo y el espíritu de Woodstock.

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