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Introducción

Y aparece de nuevo... ahí está otra vez, el inconsciente empieza a tararear esa tonadilla que el consciente repudia tanto, el corito facilón no te deja y cuando te descubres silbándolo cada tres minutos sabes que fuiste víctima del bombardeo radial, comercial y viral por culpa de un plan aún más maquiavélico que el supuesto backmasking.

A diferencia del ocultamiento de mensajes subliminales, mantras indescifrables y arrullos a Satanás (que hasta la fecha sigo pensando son una alucinación ociosa), la creación mecánica y calculadora de canciones exitosas no logra alcanzar la idea esencial detrás de una canción. Brian Wilson sufrió varios colapsos nerviosos y literalmente se rompió la cabeza buscando la fórmula para hacer del álbum Smile un conjunto de canciones perfectas. Le tomó casi cuatro décadas escarbar en su mente para entender la naturaleza del ritmo y la cadencia de la letra de Good Vibrations, una formula que parecía intangible y sorprendentemente logró reproducir en otras 16 ocasiones con diferentes tonalidades.

Esa es la obsesión y el demonio de los compositores. Piensa en los creadores de One Hit Wonders que por un breve instante rozaron con sus neuronas la fórmula de la canción perfecta, pero después del momento fugaz de tres o más minutos olvidaron donde estaba el agujero por el que se asomaron al éxito, perdieron la ventana de las probabilidades y se ahogaron en la búsqueda de la métrica, el ritmo y las letras perfectas sin poder repetirlas.

La misma obsesión atacó en cierto momento a Rivers Cuomo y lo hizo alejarse de Weezer (aunque también fue culpa de una profunda depresión). Junto con la colección de canciones que él mismo ha escrito, empezó a recolectar las canciones de Kurt Cobain, Oasis y Green Day, las diseccionó tan matemáticamente como fue posible y buscó la formula que le diera una fuente interminable de canciones. Lo que llamó The Encyclopedia of Pop le sirvió de base para analizar a diferentes artistas, crear una especie de patrón entre géneros, canciones, coros-versos y lo impulsó a escribir montones de cortes, tres de ellos incluidos en Maladroit.

Supongo, que a la par de la obsesión de Brian Wilson y Rivers Cuomo, alguien más con un interés comercial empezó a recolectar las canciones más exitosas de los últimos 50 años las metió en una computadora, las agitó fuertemente y obtuvo la formula correcta entre la duración, su perseverancia en la mente (si te encantó a la primera a la millonésima vez te debe seguir gustando), el estado de ánimo, los tiempos muertos, las repeticiones, las texturas consistentes, las letras pegajosas y el ritmo.

El experimento y la recolección de algoritmos, que me recuerda un poco a ese momento en que los programadores de la radio dejaron de enlazar las canciones por puro feeling y armaron pautas con base a un software analista de beats, se convirtió en una herramienta de la industria discográfica, en una forma de eliminar canciones que no cumplen con los patrones establecidos por los cientos de éxitos comprimidos en la computadora y también se transformó en la frase que decimos cada vez que se mete una tonadita para ahogarnos desde nuestro cerebro: “que bien hecha está esa canción”.

Si, están excelsamente construidas, son canciones perfectas, no lo dudas, todo parece encajar en su lugar, esa es la razón por la que desde hace mucho dejé de pensar en música buena o mala y cambié mis estándares por música que me gusta y la que no.... y la que extrañamente se ha colado a mi mente a pesar de mi rechazo consciente. La fábrica de melodías que nos hacen repetir y sorprendernos con su manufactura perfecta no es algo irreal dentro de los planos del verso-coro-verso, sin duda es algo para analizarse, sin embargo ésta antología no surge de esa idea, sino de la frase “gancho personal = éxito”.

No recuerdo cuando la leí por primera vez, seguramente fue una de aquellas recomendaciones en algún taller para escritores y la malinterpreté, en lugar de usarla para motivos de creación propia la interpreté como una razón para buscar historias más allá de la simple estructura de versos, coros, puentes y secciones rítmicas. El gancho, siempre el gancho, pero no el de la superficie que percibes como el trabajo de un músico que al final te anima a hacer guitarrita de aire o levantar la manita rockera, sino el de la creación, el de los propósitos, las ideas y las musas que a pesar de verse ahogadas en alcohol u otras sustancias convierten la literatura, el cine, la historia mundial, los titulares de los periódicos, los álter egos y las anécdotas personales en canciones perfectas, tan llenas de ganchos que no necesitan explicaciones... sin embargo a mi me gustan las explicaciones.



Resonancias, la columna que muchos o pocos leyeron a través de Rock Stage de febrero de 2002 a mayo de 2005 en la página 26 (o 28, dependiendo del humor de los diseñadores de la revista), es sobre esa búsqueda de explicaciones, pero también es un reflejo de mi obsesión con las anécdotas, el interminable oficio de recopilar ganchos y la necesidad de hacer que unos pocos minutos de música adquirieran la dimensión que inspiró a sus autores, pero hacerlo a través de las palabras para provocar una resonancia que concluya en la búsqueda de los sonidos reales.

Las 41 historias de canciones que están a punto de leer no son presentadas de forma cronológica o como fueron publicadas, primero porque su aparición en la revista no dependió de una lista o una orden de trabajo, sino de como me fueron asaltando las anécdotas en esa época a través de libros, revistas, entrevistas y las primeras páginas de fanáticos obsesivos que aparecieron en Internet. En segundo lugar porque al revisar nuevamente cada texto aparecieron ciertas líneas que fueron creando temas para capítulos y, finalmente, porque persiste la misma intención que propició Resonancias, tratar de olvidar géneros, tendencias o el éxito en las listas de popularidad y apostar por las ideas en esa colección de anécdotas que nos hacen ver de forma diferente a un grupo.
 

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